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2008 Agosto : •Jorge Augusto Cardoso•

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De nada sirve acumular bienes si la seguridad exterior no se encuentra garantizada. Para eso los países organizados cuentan con Fuerzas Armadas que además, cumplen funciones de apoyo a las decisiones políticas que adopta el estado afianzando su libre albedrío en el concierto de las naciones.

Contribuyen también al restablecimiento del orden ante emergencias o desastres naturales, en estas situaciones, dando apoyo y socorriendo a la población.

Si los argentinos queremos poseer una economía independiente, una política internacional conforme al propio interés, tendríamos que comprender la real importancia del efectivo sostén para el esfuerzo militar en época de paz.

Es natural y comprensible que las naciones, luego de haber conocido los horrores de la guerra, pretendan una eterna paz en el mundo; pero la buena voluntad es una cosa y la realidad objetiva es otra…

Las disputas que derivan en algún tipo de agresión se dan en el tiempo independientemente de la voluntad de los pueblos. Por eso más vale encontrarse preparados (fundamentalmente para la disuasión) que no estarlo. Sería una ligereza dejar de lado el famoso “Si vis pacem, para bellum” . Los franceses del año 1940, que no contaban con Fuerzas debidamente alistados a consecuencia de la política imperante en el momento, podrán dar testimonio de ello; agregarán seguramente una cuota de tremendo arrepentimiento.

Parecería que el gobierno considera que la preparación para la defensa es una actividad indeseable y desestima la función correspondiente, con su correlato directo en salarios bajísimos. Así, por la lógica necesidad de sobrevivir con otros ingresos el “guerrero” sede el paso al empleado, determinando la pérdida del prestigio del Oficio de las Armas, con la consecuencia de una creciente disminución de calidad y número de postulantes.

Un Militar posee más obligaciones que los demás ciudadanos; además de las normas que rigen para el conjunto de la sociedad, sus leyes y reglamentos particulares lo constriñen. Su familia y él cambian de lugar de radicación cada tres o cuatro años sin cobrar desarraigo, como es el caso del sector legislativo entre otros. Por ello, su función debería tener como contrapartida, el beneficio de una retribución material que le permita vivir en forma austera pero digna, en actividad y en retiro en el nivel medio de la sociedad.

La degradación salarial comienza en el 83, con el llamado desenganche de la Justicia, y continua aún en el presente, con mayor incidencia negativa para el personal de menor jerarquía y en el Retirado que sufre además, una diferenciación sustancial del haber con respecto al que se encuentra en actividad, incumpliéndose de este modo con la Ley Para el Personal Militar.

Recientemente, el gobierno ha vuelto a otorgar un incremento en los suplementos no remunerativos al personal en actividad, ampliando aún más las diferencias con los retirados y pensionados.

Sin perspectivas de un retiro con haber digno; sin reconocimientos material y simbólico; sin la posibilidad de entrenamiento en el manejo de hombres y de armas (por falta de medios) y ante la indiferencia de los poderes del Estado, muchísimos jóvenes Oficiales se estén yendo de baja, comprometiendo así la seguridad de las actuales y futuras generaciones.

Hoy un conductor de camiones, o de una formación de subterráneo, o una coordinadora de jardines maternales, o un inspector recién ingresado a la AFIP, ganan más que un Capitán con quince años de servicio, con título universitario; que tiene bajo su responsabilidad cientos de miles de dólares de material del Estado, (armas, vehículos de combate, equipos de comunicaciones, radares, etc.) y que además se encuentra preparado para conducir personas hasta el sacrificio extremo, incluido el suyo.

Ordenar jerárquicamente las estructuras de La Nación y retribuir sus tareas en relación a la preparación académica y específica que estas requieren; a la función que cumplen para el sostenimiento, desarrollo de la sociedad y presencia a nivel internacional, es tarea insoslayable del gobernante, que no puede quedar librada a las contingencias de una política de caja o de lucha gremial exclusivamente.

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LEGADO K

Agosto 25, 2008 | Deje un comentario

Políticas erradas. Falta de petróleo, de energía. Colapso en la producción agroindustrial, en Aerolíneas, en los trenes de carga, en los transportes suburbanos, urbanos e interprovinciales. Destrucción del sistema de salud, de las Obras Sociales y de la credibilidad en las instituciones, como del INDEC. Subvenciones, a empresas vinculadas al poder. Crisis en la educación, en la economía, en la seguridad interior y exterior. Colapso financiero. Libre tránsito de drogas y estupefacientes. Lucha urbana entre carteles, asesinatos, secuestros. Juventud sin límites ni contenciones. Crisis de valores, desde los más accesorios a los más fundamentales.

Nos estamos cayendo. La lectura de diarios y revistas, lo que nos dicen los medios, lo que se escucha en todos lados nos aportan esa impresión general. Pero ¿qué hay detrás de esta avalancha de desastres, catástrofes y concertados gemidos?: sólo indiferencia o desilusión.

Entre la grandilocuente descripción que hace el gobierno de un venturoso presente y un mejor porvenir y la realidad cotidiana, hay un abismo; y sin embargo todo transcurre como si ningún vínculo existiera; como si ese porvenir – el nuestro – no comenzase mañana.

Muchos ciudadanos y algunos de sus representantes, los parlamentarios, están comenzando a actuar. Están abriendo los ojos. Están perdiendo el temor de mirarse en el espejo. Tal es la gravedad de la situación que hasta el hombre común está poniéndose de pié y ya no se niega a manifestar en contra del absolutismo del gobierno K.

Esquemáticamente tres grupos de ideas se reparten el terreno. La corriente del gobierno, aferrada a un pasado turbulento de guerrilleros: aquellos idealistas que por convicción buscaban apoderarse del poder por medio del terror, colocando bombas y eligiendo la lucha armada en contra del orden instituido; los que para formarse asesinaban civiles, policías y militares; los que para supervivencia secuestraban y pedían cuantiosos rescates. Son los mismos que hoy, por venganza, persiguen a quienes los derrotaron en el campo táctico de la guerra rural y urbana. Son esos que por ambición no quieren dejar el manejo de los dineros públicos.

La segunda corriente, es aquella que tiende a desaferrarse de la historia para mejorar el presente de los argentinos y su futuro. No se encuentra enlazada a una sola ideología, o en todo caso la ideología se basa en el compromiso ciudadano, en el respeto por las diferencias y la propiedad privada, en el trabajo fecundo; en la legitimación de una escala de valores para una convivencia pacífica en donde no haya quebrantos a las normas sin que se tomen severas sanciones. En donde los senadores representen verdaderamente los intereses de la provincias y los diputados a los ciudadanos y que no se subordinen, cuales obedientes soldados, al Ejecutivo.

Es gente que desea hacer historia con las acciones del presente y no que se haga política con la historia reciente. Los hay enrolados dentro mismo del movimiento K. Los hay en otros partidos y en quienes no se han enrolado nunca en organización alguna.

La tercera es la que, coincidiendo en general con la anterior, siente que deben juzgarse a los protagonistas del pasado reciente, sean estos militares o guerrilleros o, en todo caso, que no se juzgue a ninguno de estos actores.

No obstante, militares y guerrilleros se enfrentaron en una guerra. Los primeros representaban al país e iniciaron las acciones por orden e un gobierno constitucional que se sintió amenazado por los segundos, que se atribuyeron el derecho de matar, secuestrar, robar, torturar para imponer su ideología; por cierto contraria a la democracia. Las guerras jamás han sido asépticas. No se puede juzgar con criterios de paz lo acontecido en una guerra.

Así, la unidad del cuerpo social, merced a la acción del gobierno, ha sido quebrada por choques de ideologías. Se ha favorecido de este modo toda una serie de comportamientos antisociales, enfermizos, nefastos: se agravó la indiferencia social, se generalizaron los comportamientos delictivos, se perdió el respeto por las personas, sus vidas y sus bienes y se destruyó el prestigio de las instituciones, aunque todo esto sea enfática y dialécticamente negado por el Ejecutivo.

Lejos de incitar a los ciudadanos a la solidaridad, el accionar del gobierno nos ha dividido e inhibido de todo deseo de asistir a los demás. La progresiva indiferencia social se manifiesta en la apatía y falta de reacción en colaboración a aquellas personas que han sufrido agresiones violentas en la vía pública o en el transporte, sin que nadie reaccione; centenares de peatones sortean un cuerpo inanimado sin detenerse. Escandalosa vergüenza.

Trágico y desolador legado K.

Pero no todo está perdido. La solución está en la acción política, en la participación activa de los ciudadanos en acciones solidarias y de enseñanza a los que menos conocen, exigiendo que los que gobiernan se ajusten al mandato constitucional y se sujeten al derecho sin vulnerarlo para su provecho; para que no se tergiverse la verdad en pos de mostrar un éxito o acierto; menos para ejercer venganza. Para que se deponga o subordinen intereses particulares a los intereses generales que beneficien a todos los argentinos.

Debemos lograr la unidad en la diversidad para conformar una fuerte comunidad; para que se tome conciencia de que nos debemos unos a otros ciertas gentilezas y obligaciones, aunque se piense distinto.

El gobierno buscó dividirnos para reinar. Ha ignorado; no ha creído en estos viejos, criollos y sabios versos:

“Los hermanos sean unidos

Porque esa es la ley primera

Si entre ellos se pelean,

los devoran los de afuera.”

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